5 verdades impactantes sobre los Crímenes de Guerra de EE.UU. que la historia oficial oculta
Un repaso a las masacres, torturas y operaciones clandestinas que marcaron la política militar de Estados Unidos a lo largo de su historia.
Cuando pensamos en la historia militar de una nación, suelen aparecer imágenes de coraje, heroísmo, sacrificio y gestas que definen el espíritu patriótico. Es la narrativa que se enseña en escuelas, se repite en medios y se inmortaliza en películas: la historia del “bien” enfrentando al “mal”. Pero esa es solo una parte del relato. Toda potencia construida mediante guerras, conquistas o intervenciones acumula también episodios que incomodan, contradicen y ensombrecen el discurso oficial.
Estados Unidos no es una excepción.
Desde las guerras indígenas del siglo XIX hasta Irak y Afganistán, pasando por Vietnam, Corea, Filipinas y múltiples conflictos encubiertos, la historia militar estadounidense está llena de episodios que se han minimizado, ocultado o reinterpretado para que encajen en la narrativa dominante. Son capítulos que obligan a abandonar la comodidad del mito y mirar de frente lo que realmente significa la guerra cuando no hay cámaras controladas ni discursos ensayados.
Este artículo explora precisamente esos episodios: masacres, torturas, bombardeos de civiles, operaciones clandestinas, experimentos con seres humanos y encubrimientos institucionales. Y, más importante aún, reflexiona sobre los patrones sistémicos que emergen al analizarlos.
Porque estas atrocidades no fueron accidentes aislados ni errores fortuitos: fueron la consecuencia lógica de decisiones políticas, doctrinas militares, culturas de deshumanización y sistemas de impunidad.
1. El eufemismo del “daño colateral” a menudo ocultaba el ataque deliberado a civiles
El término “daño colateral” se ha convertido en una forma aséptica de describir la muerte de no combatientes, presentándola como un accidente inevitable de la guerra. Sin embargo, en múltiples ocasiones, esta justificación ha enmascarado ataques directos contra civiles o, en el mejor de los casos, una indiferencia temeraria hacia sus vidas.
Un ejemplo devastador es el bombardeo del refugio de Amiriyah en Bagdad en 1991. A las 4:30 de la mañana, dos bombas guiadas por láser impactaron en un conocido refugio público. La primera atravesó casi tres metros de hormigón armado; la segunda siguió la misma trayectoria y detonó en el interior, donde cientos de familias buscaban protección. Más de 400 civiles murieron. Los supervivientes describieron huellas de manos ennegrecidas fusionadas con los techos, cadáveres derretidos y unidos en bloques de carne y una capa de grasa humana flotando en el agua que bombeaban los bomberos. La justificación de EE.UU. fue que creían que era un puesto de mando militar, pero ni los periodistas ni Human Rights Watch encontraron prueba alguna de ello. Hoy, las ruinas son un memorial, donde una mujer llamada Umgrada, que perdió a ocho de sus hijos en el ataque, actúa como cuidadora y guía.

Otro caso es la Operación Speedy Express en Vietnam. El ejército reportó una victoria abrumadora con casi 11,000 enemigos muertos, pero solo recuperó 750 armas. Esta discrepancia sugiere una verdad terrible: que miles de los muertos eran civiles desarmados. El propio inspector general del ejército estimó más tarde que entre 5,000 y 7,000 de las víctimas eran no combatientes.
Como explicó un comandante del Vietcong, la lógica en el terreno era brutalmente simple:
“La mayoría de las personas muertas eran civiles porque los civiles corrían, nosotros los soldados manteníamos nuestras posiciones.”

La masacre de Bear River en 1863 también encaja en este patrón de indiferencia hacia la vida civil. Tropas del Ejército de EE.UU. atacaron un asentamiento Shoshone en Idaho, matando entre 250 y 500 personas, incluidos mujeres y niños. Aunque posteriormente se describió como un “enfrentamiento”, los historiadores coinciden en que fue un acto de exterminio. La narrativa oficial lo diluyó durante décadas como un episodio menor, pese a ser una de las mayores masacres de pueblos indígenas en la historia estadounidense.

Y en 1906, durante la Primera Batalla de Bud Dajo en Filipinas, más de 600 civiles —muchos refugiados en el cráter de un volcán— fueron asesinados por tropas estadounidenses. Aunque se presentó como un combate, fotografías y testimonios muestran una masacre indiscriminada en la que murieron mujeres y niños. Fue una de las escenas coloniales más brutales del imperio estadounidense, tan estremecedora que incluso Mark Twain la denunció públicamente.
Estos ejemplos muestran que el término “daño colateral” no siempre describe un accidente inevitable, sino que a menudo ha servido para maquillar tragedias evitables e incluso decisiones deliberadas.
2. Los informes oficiales transformaron masacres en “grandes victorias”
Una de las realidades más inquietantes es el patrón de encubrimiento deliberado, donde las masacres de civiles fueron presentadas inicialmente al público como éxitos militares rotundos. La primera versión de la historia no solo ocultaba el crimen, sino que lo celebraba como un triunfo.
El caso más notorio es la Masacre de My Lai en Vietnam. El informe inicial describió la operación como una “gran victoria” en la que murieron 128 combatientes del Vietcong. La realidad fue el asesinato sistemático de entre 347 y 504 aldeanos desarmados, en su mayoría mujeres, niños y ancianos. La verdad solo salió a la luz más de un año después, gracias a los esfuerzos de veteranos y periodistas que se negaron a dejar que la mentira prevaleciera.

Décadas más tarde, un patrón similar se repitió en la Masacre de Haditha, en Irak. Después de que una bomba matara a un marine, la versión oficial del Cuerpo de Marines afirmó falsamente que 15 civiles murieron por la explosión y otros 8 insurgentes en un tiroteo. La investigación reveló una historia muy diferente: 24 civiles desarmados, incluidos niños pequeños, fueron asesinados a corta distancia por los marines en sus hogares y en un taxi como represalia.
Este patrón es especialmente perturbador porque no es solo un encubrimiento; es un acto de guerra psicológica contra el propio público de una nación, diseñado para higienizar la brutalidad y fabricar el consentimiento para el conflicto.

3. Las reglas de la guerra a veces se invirtieron: se castigó a los rescatadores y se premió a los atacantes
La lógica de la guerra puede ser cruel, pero hay ciertas reglas que se consideran sagradas, como la protección de quienes realizan rescates humanitarios. El Incidente del Laconia durante la Segunda Guerra Mundial es un ejemplo escalofriante de cómo esta regla fundamental se invirtió por completo.
En 1942, un submarino alemán (U-156) torpedeó el barco británico RMS Laconia. La escena del hundimiento era caótica: estallaron peleas desesperadas por los botes salvavidas y los tiburones rodeaban el agua ensangrentada. Al darse cuenta de que el barco transportaba a cientos de civiles y prisioneros de guerra italianos, el comandante alemán, Werner Hartenstein, inició un notable esfuerzo de rescate. Transmitió su posición en abierto, prometió no atacar y desplegó una gran bandera de la Cruz Roja sobre la cubierta de su submarino, repleta de supervivientes.
El giro impactante ocurrió cuando un bombardero estadounidense B-24 avistó el submarino. A pesar de ver la bandera de la Cruz Roja y recibir mensajes que explicaban la situación, la tripulación recibió la orden de atacar. Las bombas cayeron sobre el submarino y los botes salvavidas, matando a muchos de los supervivientes.
La ironía final es demoledora: los aviadores estadounidenses que llevaron a cabo el ataque informaron que habían hundido el submarino, recibieron medallas y nunca enfrentaron una investigación. Mientras tanto, el almirante alemán Karl Dönitz fue juzgado en Nuremberg, en parte, por emitir la “Orden Laconia”, una directiva que prohibía futuros rescates y que fue una consecuencia directa del ataque estadounidense.

La guerra en el Pacífico estuvo plagada de episodios brutales por parte de todos los bandos, pero algunos casos demuestran cómo las fronteras morales se desdibujaron por completo. El incidente del Buyo Maru, ocurrido en enero de 1943, es uno de ellos.
El submarino estadounidense USS Wahoo torpedeó al buque japonés Buyo Maru. Hasta aquí, un acto de guerra convencional.
Lo que siguió no lo fue.
Los supervivientes —muchos de ellos soldados indios capturados y obligados a combatir para Japón, además de prisioneros coreanos— intentaron salvarse en balsas. En lugar de permitir su rescate, la tripulación del Wahoo abrió fuego directamente contra los náufragos, violando de manera explícita la Convención de La Haya, que protegía a combatientes fuera de combate.
Las reglas de la guerra se invirtieron: se castigó a los rescatadores y se premió a los atacantes. Lo que debía ser la protección de los indefensos se convirtió en una cacería humana en mar abierto.
Aunque la Marina estadounidense trató de justificar el ataque alegando “legítima defensa” —sin pruebas claras—, el hecho permanece como uno de los episodios más documentados de ejecuciones extrajudiciales cometidas por EE.UU. en la Segunda Guerra Mundial.
El episodio ha sido silenciado en muchas narrativas oficiales, pero sigue siendo una de las páginas más oscuras del historial militar estadounidense.
4. La “caza de trofeos” y la deshumanización fueron patrones, no actos aislados
Algunos de los actos más brutales cometidos en la guerra no fueron el resultado del calor del combate, sino de una cultura de deshumanización que llevó a los soldados a matar por deporte y a coleccionar partes de los cuerpos de sus víctimas como si fueran trofeos de caza.
El caso del “Kill Team” de Maywand en Afganistán es un ejemplo moderno y espantoso. En 2010, un grupo de soldados estadounidenses asesinó a civiles afganos por diversión, plantando armas cerca de los cuerpos para simular que eran combatientes. Posaron para fotografías sonriendo junto a los cadáveres y coleccionaron trofeos macabros, como dedos y fragmentos de cráneo.
Este comportamiento no es, por desgracia, un fenómeno nuevo. Durante la Masacre de Sand Creek en 1864, los soldados mutilaron los cuerpos de hombres, mujeres y niños cheyenne y arapaho para llevarse trofeos, con relatos que describen cómo cortaban dedos y orejas para hacer joyas. Décadas más tarde, las tristemente célebres fotografías de la prisión de Abu Ghraib mostraron a soldados estadounidenses posando sonrientes junto al cuerpo de un detenido asesinado, Manadel al-Jamadi.
Estos no son solo actos de crueldad individual, sino síntomas de una cultura militar que, en estos casos, despojó exitosamente al “enemigo” de toda humanidad, convirtiendo sus cuerpos en meros objetos para ser coleccionados y exhibidos.

El Programa Phoenix (1965–1972), ejecutado por la CIA durante la guerra de Vietnam, fue una de las operaciones encubiertas más violentas y oscuras del siglo XX. Su objetivo oficial era “neutralizar” la infraestructura civil del Viet Cong. En la práctica, Phoenix se convirtió en una maquinaria de:
secuestros
interrogatorios bajo tortura
desapariciones forzadas
asesinatos selectivos sin juicio
Según distintas estimaciones, el programa provocó entre 20.000 y 40.000 muertes, muchas de ellas campesinos y civiles sin conexión directa con la guerrilla.
Los centros de interrogatorio financiados por la CIA se transformaron en laboratorios de tortura sistemática: descargas eléctricas, simulaciones de ahogamiento, violaciones, privación del sueño y otros métodos diseñados para destruir psicológicamente al detenido.
Phoenix no fue una anomalía: fue el antecedente directo de prácticas similares aplicadas décadas después en Irak (Abu Ghraib) y Afganistán. Un modelo de terrorismo de Estado camuflado bajo el lenguaje de la “contrainsurgencia”.

Mientras en Vietnam se perfeccionaban los métodos de tortura y asesinato selectivo, en el propio territorio estadounidense se desarrollaban experimentos que también violaban la ética médica y el derecho internacional.
Fort Detrick (1940s–1970s), en Maryland, fue el centro neurálgico del programa estadounidense de armas biológicas durante la Guerra Fría. Lo que durante décadas permaneció oculto es que allí se realizaron experimentos con seres humanos, algunos de ellos involuntarios.
Documentos desclasificados revelan que:
Se probaron aerosoles bacterianos sobre poblaciones civiles sin previo aviso.
Se realizaron ensayos con químicos, toxinas, hongos y agentes potencialmente letales.
Parte del personal científico fue reclutado entre antiguos investigadores de programas japoneses de guerra biológica, incluida la infame Unidad 731, traídos a EE.UU. mediante Operation Paperclip.
Aunque el gobierno estadounidense niega abusos sistemáticos, la evidencia histórica indica que Fort Detrick fue parte de una red de experimentación biológica que operó durante décadas en la sombra, vulnerando los límites más básicos de la bioética.
5. La rendición de cuentas ha sido la excepción, no la regla
Quizás la verdad más difícil de aceptar es que, a pesar de la evidencia abrumadora en muchos de estos casos, la justicia para las víctimas ha sido esquiva. Los perpetradores a menudo recibieron castigos leves, fueron absueltos o recibieron indultos presidenciales.
En el caso de la Masacre de My Lai, de los 26 soldados acusados, solo el teniente William Calley fue condenado. Su sentencia de cadena perpetua fue reducida por el presidente Nixon a solo tres años y medio de arresto domiciliario.
Tras la Masacre de Haditha, aunque ocho marines fueron acusados inicialmente, para 2008 casi todos los cargos habían sido retirados. El único marine castigado recibió una degradación de rango y un recorte salarial, pero evitó la cárcel. Los supervivientes lo calificaron como “un asalto a la humanidad”.
Durante la guerra filipino-estadounidense, el general Jacob H. Smith ordenó en la campaña de Samar “matar a todos los mayores de 10 años”. A pesar de esta orden, solo fue declarado culpable de “conducta perjudicial para el buen orden” y su único castigo fue una reprimenda y un retiro forzado.
Más recientemente, en la Masacre de la Plaza Nisour, cuatro contratistas de Blackwater condenados por matar a 17 civiles iraquíes fueron indultados por el presidente Donald Trump en 2020, una decisión que provocó indignación internacional.
Síntesis de Patrones Sistémicos
El análisis de los incidentes presentados revela un conjunto de patrones sistémicos y recurrentes en la comisión y gestión de crímenes de guerra imputados a las fuerzas estadounidenses en diversos contextos históricos. Se pueden sintetizar tres patrones principales. Primero, la recurrencia de ataques contra poblaciones civiles desarmadas, ejecutados mediante tácticas de violencia directa, como masacres, o a través del uso de potencia de fuego indiscriminada que convierte zonas pobladas en campos de batalla. Segundo, el uso sistemático de la desinformación, las narrativas falsas y las justificaciones post-facto como herramienta para ocultar la naturaleza de los hechos, reclasificar a las víctimas como amenazas y proteger a los perpetradores de la condena pública y legal.
Finalmente, emerge un patrón consistente de impunidad, donde la rendición de cuentas legal es la excepción y no la norma, y los castigos, cuando se aplican, son desproporcionadamente leves en relación con la gravedad de los crímenes cometidos, a menudo mitigados por intervenciones políticas o perdones.
En conjunto, estos patrones revelan fallas sistémicas arraigadas en la cultura, la disciplina y la cadena de mando, demostrando que estos incidentes no son meras aberraciones, sino el resultado predecible de doctrinas y políticas recurrentes en los conflictos examinados.
La lista de atrocidades no se agota en estos casos. A lo largo de siglos —desde la conquista colonial, el expansionismo hacia los pueblos indígenas, las guerras contra potencias coloniales, hasta los conflictos modernos en Asia, Medio Oriente o Latinoamérica—, hay múltiples episodios en que la máquina militar y política estadounidense actuó con brutalidad sistemática.
En muchos de esos casos, los responsables jamás fueron juzgados, o lo fueron parcialmente, muchas veces con sentencias simbólicas, reducciones, o incluso indultos.
Esto plantea preguntas incómodas:
¿Cómo se justifica, moralmente, que un país que se proclama defensor de la democracia y los derechos humanos haya cometido tantos crímenes de guerra?
¿Qué papel juega el racismo —sea en forma de desprecio hacia pueblos no occidentales, indígenas o no blancos— en la deshumanización del enemigo?
¿Hasta qué punto la lógica del poder, la ocupación, la dominación económica o geopolítica, la impunidad institucional, crean un terreno fértil para la barbarie?
¿Qué lecciones debería aprender la comunidad internacional —y los ciudadanos de esos países— para evitar que se repitan episodios similares?
Los casos aquí revisados evidencian que las normas humanitarias pueden ser vulneradas sistemáticamente cuando el enemigo es deshumanizado, cuando la impunidad es estructural, cuando la lógica de dominación se antepone a la dignidad humana.
No basta con condenar “lo malo” del pasado como anomalías: hay que cuestionar las lógicas que las permitieron, desmantelar los discursos que las justifican, y construir —colectivamente— una ética de soberanía realmente compatible con los derechos humanos.
Recordar estos crímenes no es buscar venganza: es afirmar que la humanidad —en su conjunto— no puede permitirse la indiferencia frente al sufrimiento infligido en su nombre. Que la memoria no es una carga, sino una herramienta: para dignificar a las víctimas, para exigir justicia, para impedir la repetición.
Porque cada vida importa: no solo las nuestras, también las de quienes jamás tendrán voz.





